El recién nacido experimenta la pérdida de una situación cómoda y privilegiada en el útero materno para salir a un mundo nuevo, donde el contacto con la madre será el primer paso fundamental.

El bebé vive un tremendo cambio al pasar desde el interior del vientre materno al mundo exterior. Antes de nacer, se encuentra envuelto por la oscuridad, sin necesidad de comer ni respirar. Los principales sonidos que amenizan su estancia son el rítmico latido del corazón de su madre, así como su voz.

En determinado momento, se desencadena el parto, y las contracciones uterinas lo conducen a una salida ineludible.

El recién nacido pasa la mayoría del tiempo durmiendo o llorando, pero en algunos momentos durante el día se muestra tranquilo, atento y perceptivo.

Al parecer, la visión óptima del bebé abarca la distancia desde el pecho (mientras está lactando) hasta la cara de su madre, y prefieren las figuras redondeadas a las geométricas.

En cuanto a la audición, perciben mejor los sonidos agudos que los graves, tienen predilección por la voz materna, y su música favorita es la clásica. La intensidad del sonido provoca reacciones en el bebé, de modo que un sonido más suave o delicado producirá una relajación, mientras que uno más fuerte o intenso provoca una activación del recién nacido, con aumento del ritmo cardiaco y respiratorio.

Respecto al pensamiento, disponen de memoria emocional y sueñan, aunque todavía no han desarrollado un pensamiento racional.

El olor que prefieren en el inicio los bebé recién nacidos, es el del líquido amniótico materno, pero sus gustos se van derivando hacia el olor de la leche materna una vez que comienza la lactancia del recién nacido. El reconocimiento del olor de la madre en el momento del parto es fundamental para el establecimiento del vínculo madre-hijo. En los primeros momentos, la noradrenalina descargada durante el nacimiento, hace que el niño se encuentre tranquilo y en alerta, de modo que se favorece el proceso de reconocimiento de la madre por medio del olor y del contacto con la piel. Es importante que se desarrolle adecuadamente esta primera fase, ya que de este modo será más probable que continúe con lactancia materna entre el primer y el cuarto mes de vida.

El contacto piel con piel también es beneficioso para que el bebé se recupere de la situación de estrés que supone el parto, así como para evitar el enfriamiento.

El contacto con la piel sensible de la madre desencadena en ella la secreción de oxitocina, llamada la hormona del amor maternal, que tiene un papel favorecedor en el apego, además de las funciones ya conocidas sobre la contracción del útero o la secreción láctea.

Las endorfinas, en este caso segregadas tanto por la madre como por el bebé, también favorecen el vínculo afectivo entre ambos.

Y no olvidemos entre tanta química, la importancia del tacto, el abrazo y las caricias, que disminuyen la frecuencia del desapego y del abandono del bebé.

Los bebés, al ser separados de la madre, lloran intermitentemente. El llanto ocurre por instinto, y la respuesta de la madre también. Se trata de un mecanismo de protesta, y que transcurrido minuto y medio, da lugar a la desesperación, que puede resultar dañina para el niño. Si permanece separado mucho tiempo, llorará con menos frecuencia, y finalmente dejará de llorar (resignación), porque el llanto supone un gran gasto energético. Pero la separación precoz, no sólo daña al recién nacido, sino también a la madre, ya que se ha relacionado ésta, con una mayor frecuencia de depresión post-parto.

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