Libido y sexualidad

Después de Freud el psicoanálisis se fue encargando de eliminar la histeria colectiva durante el siglo XX sacando del sombrero mágico, nuevos símbolos de la sensualidad y haciendo aparecer insólitas manías en el plano de la libido. Llama la atención un cierto transformismo en los mecanismos del pudor religioso que termina por convertirse en un repudio por el desacato o, en su polo opuesto, por un repudio a la hipocresía que intenta naturalizar el deseo a fuerza de no cuestionarlo.

Las bellas artes, hicieron buen uso y hasta cierto abuso de las formas meramente desnudas, cuando, en un plano menos artístico, la pornografía se convertía en la libertad malinterpretada por una juventud desorientada aun.

Por otro lado el desprejuicio tuvo sus aciertos en tanto se podía investigar, en los planos teóricos y prácticos, con relación al complejo psicosexual, a los niveles de satisfacción femenina o masculina y a las prácticas de la vida en pareja. Estas investigaciones han despejado el terreno de fantasmas y traumas no resueltos, en la sociedad y en el sujeto social.

El “super yo” -del que hablara el padre del psicoanálisis-, es la presión de la época, la moral del momento y su “colección” de tabúes. Las patologías surgían entonces cuando se pretendía olvidar lo “pecaminoso”, alejar las “tentaciones”, inhibir el natural instintivo del “animal humano”.

Es posible que la deformada mentalidad del “medioevo” haya producido un mayor interés por la realización de la carne y el espíritu mediante el “magnetismo” que inspira todo lo prohibido. Las siguientes etapas del Renacimiento y la Ilustración trajeron nuevos aires, aunque persistía en el seno de la familia, una moral férrea predominantemente machista y patriarcal.

Enarbolando el poder de la mujer en el sexo, reivindicando, no sólo el derecho a voto, la existencia de un “eterno femenino” sino que también su capacidad de orgasmo y aun más de “múltiple orgasmo”, el siglo XX pretendió abrir las puertas, en forma prematura, a un hedonismo sin amarras, que contiene la amenaza del hartazgo.

Y este es principalmente el punto crítico: Con la densidad de entretenimientos, responsabilidades, otras formas de placer y distensión, información a mares, nuevas redes de comunicación y relación humana, etc. ¿Habrá un lugar y tiempo en nuestras vidas para la cópula, el coito propiamente dicho, y sus dichas y desdichas? ¿Habrá deseo?

Los sondeos modernos realizados en este tema indican una baja creciente en los niveles hormonales, una merma en el deseo sexual, una pérdida de la capacidad de gozar y una gama cada vez más amplia de insatisfechos respecto a sus vidas maritales.

La opinión médica ha confirmado que, tanto el deseo sexual como las prácticas de una vida plena en este sentido, contribuyen a la salud del individuo, al equilibrio psíquico de la persona y a su entorno familiar.

Por lo menos así será hasta que el hartazgo, en complicidad con la diversidad de otras opciones de disfrute y la baja de hormonas sexuales, termine por convertirnos en seres asexuados que se reproducirán por vías “no naturales” y en el ámbito del laboratorio -en una exagerada extrapolación de consecuencias-.

El libido, sin embargo, mora en una región de la conciencia con un compartimiento en el inconciente, un lugar poco accesible hasta para nosotros mismos. Psicólogos, sexólogos y hedonistas comparten sus jardines del conocimiento empírico y práctico con la experiencia del amor carnal.

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