Adicción a Internet

El ordenador me mira y creo, a veces, descubre ansiedades muy mías que no logro remediar. ¿Qué hago con Internet? susurro en el instante en que me percato de que el roce manual de mi cuerpo es un placer que no desligo de la pantalla y de las poco eróticas noticias de BBC, mientras mi último novio ya no guarda en sus memorias la intimidad carnal que alguna vez le di.

Y al término de mi goce, con una especie de vergüenza aterradora, me cuestiono qué clase de vida es esta, cuyo mundo es el espacio ilimitado que abre la red, engloba un monitor, y se compone de yo misma frente a las muchas áreas, amigos y conocidos virtuales que rara vez muestran en una mirada los sueños más preciados, las pasiones vitales y sus terrores olímpicos. Y ese universo, un tanto irreal, es mi adicción.

Ni fanática de los videos juegos como otros, ni obsesionada con los mensajes y agendas que me esperan, los cientos de amigos que nunca llego a conocer bien, y las muchas tonterías que suelo decir, más por “estar” que por “aportar”. Mi relación con Internet supera eso, es mi día, el lugar donde estoy en tiempo real con la noticia, sea real o falsa, la comarca del relato ajeno, del cosmos de otros ante la ausencia de uno personal.

Es el terreno donde hacer amigos no es la misión más ardua del mundo, ni las burlas me disuaden de ir de un lado o a otro. El recinto donde puedo ser otra que no sea este yo tímida, o demasiado brusca, o torpe o distraída.

Vivo mi historia inventada y a la vez real, soy quien quiero ser, y ya no me aturde el otro que me mira porque entre ambos hay un monitor que oculta, aun en las imágenes, mis miedos más profundos.

Atrás me ha quedado la vida antigua, un tanto obsoleta, de salir, noviar, enamorarme, hacer amigos, comer fuera, admirar el entorno, tomar aire fresco todo el día, interesarme por algo más que no sean mis correos y mis actualizaciones diarias. ¿Dónde quedó el sembrar un árbol y no solo apoyar la campaña online de reforestación? ¿Cómo alejarme y repensar hasta dónde es válido tanto consumo, tanto creer en el eco de los medios? ¿Cuándo explorar yo sola el orbe que me circunda, desligarme de los otros y vivir mi propia existencia, aparte de esta que tengo arrendada a la red?

Internet me incorpora, pero siento me roba el momento de hacer, de ser yo con mis defectos y que me acepte, sin monitor de por medio, alguien que tampoco precise de pantallas. Pero ¿qué he de hacer si es el mundo del futuro, entiendo yo, aunque las estadísticas me digan que millones jamás han visto siquiera una PC y que otros tantos viven sin aferrarse a un servicio, a un consumo que desvela?

Porque… hay tanto que aprender, tanto que conocer, tanto que explorar, tantos personajes que vivir dentro de este espacio que el mundo real sólo me sirve para el desencanto, el atraso, dormir unas horas, hacer deberes enojosos y desesperarme cuando me obliga a dejar de ser quien quiero para trasladarme a una vida de limitaciones y complejos, opaca ante las posibilidades de interactuar y desterrar miedos en la red.

Es una adicción que me permite creer en mí y la agradezco, pero me excede ahora que me veo sola frente a las sosas noticias de BBC tratando de satisfacer un deseo que se comparte entre dos, con placeres siempre nuevos incorporados por el estímulo mutuo. Y descubro que esta adhesión, en algún momento, me roba la intimidad que una vez soñé, el verdadero encanto de amar y ser amada, y la posibilidad de crear, con el resto del mundo, AMOR dentro y fuera de la red.

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