Ninos traviesos

Los padres deben sospechar la hiperactividad infantil cuando la calidad de vida en el terreno social o académico no está siendo buena para el niño, y entonces es necesario plantearse si puede haber problemas de atención o si el niño se encuentra especialmente intranquilo o impulsivo.

A veces, los padres se preguntan si su hijo es hiperactivo o simplemente travieso. La diferencia debe establecerla un profesional especializado en la materia, cuando comprueba que los síntomas relatados por la familia están repercutiendo en el rendimiento escolar del niño o en sus relaciones sociales.

Aunque no hay una edad crítica para su origen, los padres son conocedores de que con frecuencia ya se dan síntomas a los tres o cuatro años, pero no se convierte en un verdadero problema hasta que tiene seis o siete. Obviamente esto es una generalización, y es necesario individualizar cada caso.

El niño hiperactivo está moviéndose constantemente y tocándolo todo, sin capacidad para mantener la atención durante un tiempo, con los consecuentes problemas para el aprendizaje. Es inquieto, descuidado y tiene tendencia a sufrir accidentes. El estado de ánimo es oscilante, y también es frecuente la desobediencia, las rabietas y la agresividad.

La causa más frecuente es la genética, por herencia familiar. No es raro que uno de los padres o algún familiar cercano haya tenido problemas similares en su infancia. Los factores sociales influyen incrementando la tendencia innata a la hiperactividad. También se ha propuesto que algunos aditivos alimentarios y la intoxicación por plomo podrían guardar relación.

Hoy en día ha aumentado la sensibilidad hacia este tipo de problemas. De no tratarse la hiperactividad, cosa que ocurría tiempo atrás, en un pequeño reducto de pacientes puede que no ocurra nada, pero se asume un riesgo importante de derivación hacia sintomatología depresiva, trastornos de la conducta, consumo de sustancias tóxicas, mal bagaje académico y fracaso escolar. Es necesaria por tanto la supervisión y es importante buscar ayuda.

La familia debe tomar conciencia del problema que padece su hijo, como en el caso de otros trastornos médicos. Hay que intervenir en la escuela, profesionalizando a los profesores para que sepan como tratarlos, y algunas veces será necesario establecer clases de apoyo para el niño.

En cuanto a la medicina, se debe evaluar si requiere ayuda farmacológica para mejorar los síntomas. El tratamiento farmacológico no pretende la curación, porque no hablamos de una enfermedad sino de un trastorno, y lo que se busca es aliviar los síntomas que provocan el fracaso en diferentes entornos y perjudican la calidad de vida infantil. Actúan atenuando la falta de atención y de control motor. Fármacos estimulantes como el metilfenidato tienen un efecto paradójico y reducen la hiperactividad sin que se conozca la razón, aunque por sus efectos secundarios se reserva para casos graves.

La hiperactividad mejora con la edad al ser un trastorno del neurodesarrollo. Es frecuente que desaparezca con la pubertad. Sin embargo es más dificil que lo haga el problema para el aprendizaje, que puede seguir presente más allá de la adolescencia, y en casos graves acarrear un bajo coeficiente intelectual.

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